Aún no había amanecido y ya estábamos mi buen amigo Antonio Pestana y yo caminando por el pinar. Apenas si podíamos vislumbrar el camino, solo la luz de la luna parecía querer ayudarnos a llegar al corazón del bosque.
Mientras caminábamos, el ulular del Búho Real hizo que nos detuviéramos por unos instantes a escucharlo.
Era una sensación tan especial que uno quería estar siempre allí, pero nosotros no era al Gran Duque al que buscábamos en esta ocasión, así que continuamos hasta que por fin llegamos al hide. Rápida y silenciosamente nos colocamos en su interior y nos dispusimos a esperar.
Poco a poco la luz del amanecer desterró al reino de las tinieblas, y los gritos estridentes de un mirlo sustituyeron a la voz trémula del Búho. Un coro de trinos se adueñaba ahora del bosque. Comenzaba un nuevo día. Pero de repente el canto de decenas de pajarillos se vio interrumpido por el más sobrecogedor de los silencios. Señal inequívoca de que a quien esperábamos no estaba lejos. Y no tardó en dar la cara. El pirata de la espesura se plantó allí, ante nosotros. En esos momentos uno no se atreve ni a respirar. Sus ojos de fuego parecen atravesarte, y por un momento eres incapaz de mover un solo músculo. Que fuerza, que poderío, que mirada. Una máquina perfecta. Una criatura dotada especialmente para la depredación. Garras afiladas como cuchillos, pico de acero, y una mirada capaz de helarte la sangre. El Azor tuvo a bien acudir a nuestra cita. Jamás olvidaré ese momento. Y jamás podré agradecerle a mi querido amigo el que me brindará semejante regalo. Un lugar único para disfrutar de una criatura fascinante.
Saludos y que la naturaleza os guíe.
Retrato de hembra de Azor
Depredador forestal discreto y poderoso. Su presencia suele delatarse por el silencio repentino de otras aves. Debe observarse siempre a distancia, evitando aproximarse a nidos o alterar sus zonas de descanso.
El territorio también se escucha y se observa.